EL PROCESO ARTÍSTICO COMO PUNTO DE ENCUENTRO

Graciela Kasep,

Se busca colaborador.

La práctica de Marianna Dellekamp (México, 1968) se ha desplazado por distintos terrenos. Si bien una parte de su trabajo se identifica con la imagen fotográfica y las múltiples formas de plasmarla, el terreno de lo tridimensional ha cobrado especial importancia para ella en los últimos años. Sus obras resultan de meticulosos procesos de investigación y proponen formas alternas de hablar sobre el sujeto contemporáneo. La forma más presente es la que propicia contextos o situaciones de participación y reflexión colectiva de largo aliento.

La Biblioteca de la Tierra tiene que ver con el proceso de creación y acumulación de libros. Es una pieza que, desde su origen en 2008 y hasta la fecha, se ha mostrado en diferentes contextos de exhibición: desde el rincón que la vio nacer en el estudio de la artista hasta museos, galerías, ferias, librerías y otros eventos relacionados con el ámbito editorial. La obra mantiene hoy una vitalidad propia y se ha adecuado a cada espacio que la ha albergado, para validarse por un lado como objeto artístico y por el otro como un conjunto con valor editorial.

Esta obra se ha ido conformando con la recopilación continua y sistemática de tierras provenientes de diversos lugares del mundo, cuya recolección fue impulsada mediante convocatorias abiertas a través de las redes sociales. Dellekamp promovió así una participación colectiva para aportar la tierra que integraría a distintas cajas de acrílico, con formas semejantes a las de un libro. En el lomo se encuentran los detalles de la procedencia. La tierra contenida en cada tomo se convierte así en una especie de texto que, gracias a su origen, define aristas y lecturas de la pieza con distintas cargas políticas, religiosas, sociales y sentimentales.

Uno de los alicientes para activar la participación fue invitar a los colaboradores a crear y ampliar el proyecto pero, sobre todo, a ser coautores mediante la creación de su propio libro. “El sentido colectivo y la idea de que la pieza esté realizada por la intervención de diferentes personas son vitales para el entendimiento de la misma”, explica Dellekamp.1 Desde la primera convocatoria solicitó que le enviaran tierra, otorgando así entera libertad de elección a cada colaborador en potencia, siempre y cuando la materia orgánica procediera de un lugar significativo a nivel personal.

La convocatoria tuvo eco. Conforme fue recibiendo las distintas aportaciones inició un proceso de registro, clasificación y reacomodo del material. Durante éste, las tierras fueron adquiriendo una identidad propia dentro del proyecto, adicional a sus propiedades físicas, que se definía a partir de la manera en que la tierra había sido empacada y enviada por el colaborador. Marianna recibió material por correo, por entrega personal o de mano en mano, hasta el arribo a su taller. Los contenedores también fueron diversos: bolsas plásticas, sobres, cajas y frascos, entre otros.

Los colaboradores en potencia recibieron la solicitud de que cada tierra fuera acompañada por una imagen del lugar de procedencia. Estas imágenes, a manera de fichas técnicas, formaron parte importante del proceso de registro y clasificación de las tierras; sin embargo, también generaron una entidad visual independiente del material original. Las fotografías en conjunto configuraron una especie de atlas o cúmulo de imágenes geográficas que podían ser vistas aparte de la tierra correspondiente. En algunos casos los colaboradores no proporcionaron estos documentos; con la intención de no dejar el registro incompleto, Dellekamp adjuntó imágenes tomadas de vistas satelitales en tiempo real.

El proceso culminó con la formación de una biblioteca. Los tomos que la integran son cúmulos de información y experiencias personales, que no dejan de formar parte de una colectividad: “Cada libro es una especie de tratado cartográfico, un rastro biográfico y un objeto colmado de elementos estéticos y juegos tanto formales como poéticos”.2

Toda biblioteca contiene libros de diversos autores, en este caso diferentes autores-colaboradores. Algunos tomos coinciden en la temática o, mejor dicho, la procedencia. Esto guarda un significado dentro de la pieza, pues representa la posibilidad de tener distintas aproximaciones a un mismo tema dentro de un solo acervo. Dicho cúmulo ha adquirido vida propia a lo largo de su desarrollo; sin embargo, partió de algunos límites de acción para los colaboradores, ya que las convocatorias establecieron lineamientos para generar un sistema que arrancara y optimizara el proceso de producción de la obra. En este contexto de colaboración, de autoría expandida, la artista fungió como coordinadora: su intención se diluyó en la voluntad de los colaboradores. Al final, ellos decidieron qué contenido enviar. La acción individual de Dellekamp fue la de generar el entusiasmo de la participación colectiva.

Durante la conformación de la biblioteca, la respuesta de los colaboradores reforzó la estructura o el orden social impulsado por las convocatorias y cada libro se convirtió en un registro de acción individual, dentro de la colectividad dictada por el proceso de la pieza.

Tierras que no son tierra

Las colaboraciones fueron marcando la ruta del proyecto. La primera convocatoria solicitó tierra de un lugar que guardara significado especial para el colaborador; también admitía la posibilidad de aportarla de algún sitio donde la persona estuviera de paso. La idea e imagen de tierra pronto se transformó en materia orgánica o simplemente materia, ya que algunas de las colaboraciones incluían restos de conchas, semillas, flores y hojas e incluso documentos personales u oficiales. El contenido dio identidad a cada tomo. De esta manera, la pieza dictó hacia dónde moverse y fue inevitable que tocara lugares no contemplados al inicio.

Menciono a continuación algunos de estos libros que se insertaron en el proyecto desde otra premisa conceptual, que enuncian la apertura del proceso de producción y, sobre todo, que generan una bitácora de la propia pieza compuesta de memoria, historia y hallazgos individuales. Encontramos por ejemplo una postal antigua de Hawaii que pertenecía a la abuela fallecida del colaborador, intervenida con tierra del sitio; o un libro-atlas con distintas piedras recolectadas durante veinte años de viajes de una misma persona. Hay también libros que revelan la convivencia de materia orgánica y desechos, como un libro que contiene un pedazo de unicel erosionado por el mar u otro que mezcla arena y basura, que el colaborador encontró durante una caminata por la playa.

No puedo dejar de mencionar un libro que a falta de tierra contiene un pedimento aduanal, recibido por la artista para anunciarle la llegada de un paquete desde Rosh Pina (uno de los asentamientos sionistas más antiguos de Israel). El documento explica que la tierra no es un producto lícito de importación, y por lo tanto no sería entregada. ¿Acaso no es este hecho en sí mismo: una vía de reflexión sobre el concepto de la pieza?

La Biblioteca de la Tierra es una obra de proceso abierto que, como hemos visto, generó cercanía con los colaboradores desde el inicio. El interés de la artista por trabajar obras de esta índole radica en la posibilidad de provocar interacción entre los individuos y perfilar otra forma de permear en la sociedad, de trabajar en comunidad.

El arte colaborativo es herencia en gran parte de la década de los sesenta, cuando una nueva manera de entender la situación de la obra de arte asumió formas sociales que propiciaron encuentros entre el producto artístico y la vida cotidiana. La distancia entre el creador-productor de la obra y el público se transformó, abriendo así una nueva dimensión para las experiencias colectivas. La existencia de un colaborador en un proceso creativo, como sucede con la Biblioteca, me lleva a pensar en la diferencia de roles entre un espectador ante una obra concluida, en cuyo proceso no ha participado, y un colaborador que, aunque no por fuerza sea espectador de la obra final, tiene otro conocimiento de ella pues ha sido partícipe de su creación. El arte de colaboración genera una dimensión social desde la participación colectiva, en lugar de la activación individual que conlleva sólo observar una obra concluida. En el caso de la Biblioteca de la Tierra, el colaborador ha ayudado a formarla; el espectador la contempla.

Hacer una genealogía del arte de colaboración nos lleva a revisar algunas ideas en torno a la relación del autor con su obra y el público en décadas recientes. Aun hoy en día, algunos sectores consideran que el artista solo produce y exhibe su obra, mientras que el público observa y evalúa lo que está en exhibición.3 Esto entraña un principio tradicional de autoría. Como plantea Claire Bishop,4 los eventos artísticos que han adoptado una postura crítica con la tradición autoral han apuntado a la provocación de los participantes, involucrándolos de una manera más activa. Los movimientos posteriores en la historia del arte que asumieron un principio no-autoral adoptaron entonces la posibilidad de la creatividad colectiva. Los procesos de colaboración generaron nuevos lugares ocupados por la producción artística, acordes con su contexto y su temporalidad. Una obra se posiciona dentro de un contexto que establece diferentes relaciones, entre ellas las que convierten al consumidor en productor. El individuo no solo consume el objeto artístico sino que lo produce.

A la luz de lo anterior y gracias a las convocatorias, la Biblioteca activó al público para promover su participación y generar una relación “física” durante el proceso. Los participantes se apropiaron de alguna manera de la obra, integraron una red que construye el sentido y el entendimiento de la misma. La colaboración abre la posibilidad de redirigir o reconstruir el sentido que pudo tener el autor de inicio. Algunos participantes nunca fueron espectadores del proceso o de la obra en exhibición, pero no por ello dejaron de formar parte de esta red de apropiación.5

Uno de los anhelos de la participación colectiva es configurar sujetos activos dentro de experiencias simbólicas, que generen acciones dentro del entorno social y político. Como hemos visto, un proceso de colaboración cede parte del poder de autoría para conformar un nuevo modelo social. El proceso abierto y colaborativo cierra la posibilidad de tener un resultado formal preconcebido. Parte del valor de una obra de este tipo es que no sabe dónde o cómo va a culminar, como sucede justamente con la Biblioteca de la Tierra.

Otra de las premisas del arte generado a partir de procesos de colaboración es la de generar un punto de reunión para la colectividad partícipe. Hoy en día, la reunión del artista con sus colaboradores o con su público puede darse también mediante la interacción en espacios virtuales. El sentido de participación, de crear un evento social para generar la Biblioteca, partió de las redes sociales. La obra ha propiciado el encuentro entre personas que, en virtud de su colaboración con la tierra o materia orgánica, manifestaron su presencia física en este encuentro a pesar de las diferentes procedencias. A través de las convocatorias por correo electrónico, Facebook, Twitter e Instagram fue posible establecer una red con las siguientes particularidades: el 61% de los participantes son conocidos de la artista, ella conoció a un 11% gracias al proyecto y no tuvo contacto físico alguno con el 28% restante. No está de más mencionar que otro medio utilizado fue el volante tradicional, pequeños papeles que fueron repartidos en diferentes espacios para buscar colaboradores a partir de otro tipo de acercamiento.

El proceso de apertura a lo que sucede, a la casualidad o al cambio, permanece vigente. Será difícil para la artista determinar cuándo y por qué debe concluirse esta Biblioteca que, como todas, es necesario mantener viva, susceptible de seguir creciendo, ya sea para ser consultada o nada más observada.

México, 2013

 

1 Entrevista con Marianna Dellekamp, Ciudad de México, 2013.

2 Texto curatorial de Víctor Palacios para la exposición “Biblioteca de la Tierra. Un proyecto de Marianna Dellekamp”, Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, 2010.

3 Groys, Boris, “A Genealogy of Participatory Art” en The Art of Participation 1950 to Now, San Francisco, San Francisco Museum of Modern Art, 2008, p. 20

4 Bishop, Claire, “Viewers as Producers” en Participation. Documents on Contemporary Art, Londres/Cambridge, Mass., Whitechapel/MIT Press, p. 206

5 Retomo algunos de los planteamientos que cita Claire Bishop de Jaques Ranciere en cuanto a la actividad/pasividad del espectador, la cual no es exclusiva de las artes visuales. Plantea que dividir entre pasivo y activo es equivalente a ponderar la capacidad; es decir, colocar la capacidad de un lado y la incapacidad del otro, estableciendo así una condición de desigualdad.